Athletic-Alavés: Notas personales sobre el partido
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04/11/2001 - 10:32
Enviada por fidel





Si algún lector es estudiante de sicología y necesita un tema para desarrollar una tesis, le propongo que estudie el "Síndrome del Glorioso en San Mamés". Los síntomas son claros: flojera en las piernas, falta de coordinación con el resto de elementos del colectivo, desánimo general, pérdida de la capacidad de reacción -sobre todo en el director del grupo- y, en general, disminución drástica del rendimiento del colectivo. O, dicho de otro modo, acojone máximo hasta que la cosa se pone muy grave, e incapacidad para arreglar el roto una vez producido éste.

El caso es que una vez más nos volvimos de vacío de San Mamés, en la enésima reproducción de la misma vieja historia: un Athletic en clave épica saca del campo a un Glorioso, que cuando va con mal equipo se trae cinco, y cuando va con bueno se trae dos o tres. Eso sí, lo que siempre nos traemos es la cara de tonto de ver cómo nuestro equipo, el que le gana al Madrid en el Bernabéu, al Barça en el Camp Nou, al Valencia en Mestalla, al Inter en San Siro... el que se pone cuarto en la jornada diez, el que desarbola al Valladolid en Zorrilla, el que se merienda con patatas al Tenerife en el Heliodoro... ese Glorioso que parece que se va comer el mundo va y se arruga ante un equipo cuyo principal argumento es su nombre y la garra que ponen sus hombres. Una garra que no les da para ganar últimament más partidos en casa, por cierto, que los que juegan contra nosotros.

La defensa más sólida de la liga, convertida en queso de Gruyère, con agujeros de todo tipo por todas partes. El mediocampo, asfixiado, pesado, atascado ante la presión rojiblanca. Delante, la soledad de Navarro, el hombre de los talentos poco evidentes. Y en el banco, sin reflejos, incapaces de reaccionar ante el desastre defensivo de la primera parte, y más torpes aún para sacar al equipo de la atonía en ataque cuando el Athletic se replegó y el partido pasó del fútbol al balonmano. ¡Y qué cambios! Va Mané y sienta a Magno, el goleador y uno de los pocos hombres con valor para encarar y buscar el camino de la meta de Lafuente. Y luego, tras penar el equipo durante minutos y minutos por falta de mordiente, da entrada a Iván Alonso en el descuento. Aparte de la falta de respeto hacia el jugador que supone esto, resulta patético que Mané espere hasta el final para meter el revulsivo. Ni que buscase perder tiempo para mantener el resultado.

Y es que San Mamés tiene esas cosas. Convierte un buen equipo -el Alavés lo tiene, porque su puesto en la clasificación no se lo ha regalado nadie- en una banda de timoratos sin recursos, y convierte a un técnico especializado en ganar guerras de trincheras manejando el tempo del partido -y que ha llevado a un equipo semidesconocido a la final de la Uefa- en un inerme y cuasipatético espectador del choque carente de recursos y sin capacidad de reacción.

En el lado positivo, lo de siempre en estos casos: este Alavés demostró una vez más que es capaz de hacer felices a miles de personas en una noche de fútbol. Por suerte para nosotros, con frecuencia hace felices a poco más de diez mil espectadores. Por desgracia para nosotros, hay una noche al año en la que hace felices a casi cuarenta mil. Porque, ¡hay que ver qué contentos salían los seguidores rojiblancos! ¿Habrían ganado la Copa de Europa? No. Simplemente habían ganado al mejor equipo vasco de este siglo. Que, números cantan, sigue siendo el Glorioso. Por muchos años.


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