Pedro Arteaga, In Memoriam
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04/11/2001 - 11:59
Enviada por fidel





Hace casi veinte años, el Alavés, que acababa de descender a Segunda B tras dos campañas desastrosas, se quedó en puertas de ascender a Segunda en el último partido de la temporada y la ciudad, con su característico carácter ciclotímico, dio la espalda al Glorioso. En ese contexto, Pedro Arteaga se lanzó a crear la Peña Enériz. Había que hacer algo para que el equipo se sintiese arropado, aunque fuese por poca gente, y alrededor del entusiasmo de Pedro nos fuimos juntando alavesistas de todas las edades y todas las condiciones. Y la Peña se dedicó a organizar viajes a prácticamente todos los desplazamientos, haciendo que el equipo no estuviese solo. Y a animar en los partidos de casa, levantando el ánimo de una General poco poblada y necesitada, como siempre en Gasteiz, de un catalizador para despertar y alentar al equipo.

Ese era Pedro Arteaga. Un alavesista sin concesiones. Un hombre cuya vida no se podría entender separada del Glorioso, de su Glorioso, ni siquera en sus orígenes: un día me contó que de chaval se dedicaba a buscar cascos vacíos para sacarse unas perrillas y poder pagarse la entrada en el viejo Mendizorroza. Alavesista desde la raíz.

En una vida de seguidor involucrado, Pedro dio mucho por el Alavés en forma de salud; no he visto nunca a nadie tan disgustado tras una derrota albiazul como vi a Pedro tras algunos play-off de Segunda B. Su afición también le costó dinero: los viajes salían a veces de manera milagrosa. Y tiempo, mucho tiempo, dedicado a organizar actividades de la Peña, a seguir al equipo, a hacer lo que hiciese falta. Y el Glorioso le hizo el mejor regalo que le podía hacer. Aquejado hace tiempo de una enfermedad que con el tiempo ha sido letal, Pedro revivió durante unos meses, coincidiendo con la campaña alavesista en la Uefa. Él, que había conocido y apoyado al equipo incluso en Regional, lloró de alegría en San Siro -se hinchó a repartir pines del Alavés entre seguidores interistas- y disfrutó como el que más en Dortmund el día de la final, pese al pequeño detalle del resultado final. Verle negociar, sin saber ni palabra de inglés, el precio de unas bufandas con un vendedor inglés que no sabía nada de castellano fue la mejor prueba de que el fútbol es, también, un idioma común y un vínculo de unión entre gentes de todo el mundo.

Este agosto, Pedro estuvo en Montecarlo representando a la afición alavesista en la Gala de la Uefa. Nunca una afición estuvo tan bien representada, nunca la Uefa hizo un homenaje tan merecido. En Pedro la Uefa estaba homenajeando, sin saberlo, la ilusión que miles de personas que hacen que el fútbol sea una pasión contagiosa. Pedro nos contagió la suya a mucha gente. Conocerle fue un un auténtico honor. Que descanse en paz.


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