Madrid 5 - Glorioso 2: Notas personales tras el partido
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07/10/2002 - 08:34
Enviada por fidel





Nos está pasando por encima la Liga de las Estrellas. Si un día nos la armó Munitis -estrellita, por tamaño y brillo- otro fue Tristán -este ya estrella de primera magnitud- quien nos dio la vuelta al partido el día del Depor. Ante el Madrid, golazo de Zidane y dos dianas por cabeza para Figo y Ronaldo, con Undiano Mallenco y su Linierettes como mariachi. Nada nuevo para el Glorioso encontrarse con los más brillante del firmamento futbolero durante la liga. Sí es novedad el no oponer al billo la mate eficiencia defensiva y los chispazos de garra que otros años han servido para ganar en el Bernabéu, el Camp Nou o Mestalla. Para triunfar ahí, hay que hacerlo todo bien, dice Mané. Y todos nos tenemos que llevar bien, me atrevería a añadir.

Porque quería hablar en estas notas de la garra albiazul, de ese espíritu mostrado en el Bernabéu, que nos reconcilia con el equipo pese a la derrota, de no perder la cara al partido aunque estén lloviendo Ronaldos, Figos y Zidanes de punta, de seguir buscando las cosquillas de Casillas pese a estar recibiendo goles como dedos tiene una mano. Los seguidores alavesistas somos así: lo que importa es dar la cara. Si encima se gana, pues ya es la leche. Somos genuinamente metarresultadistas, que diría mi primo de Glorioso.che allá por Buenos Aires. Ayer acabó el partido pero creo que las cabezas quedaron altas. En un duelo desigual, el Glorioso hizo silbar al Bernabéu con un equipo viejo, que no llega a los balones a los que antes accedía antes siquiera de pensar en que tenía que llegar, con una escuadra tácticamente balbuceante, que no digiere los tres centrales pero que con dos vive demasiado peligrosamente, con una escuadra que lleva mes y medio demostrando que cuando mejor lo hace es cuando juegan los suplentes, con un equipo al que los árbitros parece que le están cobrando facturas antes siquiera de haber comprado nada. Con todo y con eso, el Alavés casi remontó un 2-0, fruto de la genialidad y la inventiva -de Zidane y de Undiano, las dos caras de la moneda del Centenario, clase y orden establecido- y tuvo en sus botas el empate que hubiese terminado por poner de los nervios a una gente que iba a ver el debut de Ronaldo y estuvo en un tris de estrellarse contra el debur de Luis Helguera.

Y llegó la tragedia, a lo grande, con penalti fallado por quién robó la pelota al lanzador habitual, con choque de centrales ante un Ronaldo recién entrado que tuvo tiempo de marcar el gol con un remate de diseño. Una tragedia que continuó con los espacios abiertos por un equipo que quería hacer en el Bernabéu y que se convirtió en mantequilla derretida con extrema facilidad por el estilete al rojo de un Figo en el borde del fuera de juego, y que terminó con una segunda diana de Ronaldo, el dios para cuyo homenaje Chamartín usó al Glorioso como carbón en la hoguera encendida en su nombre.

Toda esa historia quedó minimizada por lo que vino después. Un jugador del equipo acusa a otro de egoísta en público, otro dice que el pidió la bola dos veces, pero que no le hicieron caso. Indisciplina aireada en un equipo que ha hecho de la fuerza del conjunto bien avenido su principal activo. Mal estamos.

Hizo mal el presidente prohibiendo las cenas de los jugadores. Desde entonces, el equipo no juega ni a tabas, la unidad del vestuario parece manifiestamente mejorable, los resultados llegan, pero solo de vez en cuando, y cada cual parece haber emprendido el camino hacia adelante más preocupado de su futuro particular que del devenir de un equipo que ha hecho grandes a algunos de sus jugadores, cuando en cualquier otra escuadra no hubiesen pasado de ser, como eran hasta llegar aquí, gentes del montón. ¿Es solo una impresión? El tiempo lo demostará, aunque los indicios son preocupantes. Quedan quince días antes del siguiente partido. Generalmente los parones no son buenos, pero es difícil que al Alavés le pueda ir peor y que a la Real le pueda ir mejor tras una semana de fiesta, así que daremos por bueno este descanso que el calendario brinda al equipo para restañar heridas y trabajar en la corrección de errores.



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