Sevilla 3 - Glorioso 2: El Alavés sucumbe al mal de ojo
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23/3/2003 - 11:24
Enviada por fidel





"Que Santa Lucía te conserve los cojones, porque con la vista ya no hay nada que hacer". El adagio del castizo bien podría haber sido uno de los mensajes de Mané a Rubinos Pérez una vez finalizado el partido entre Sevilla y Alavés, un encuentro que los albiazules dominaban a falta de un cuarto de hora, y en el que dos desajustes visuales del colegiado -vio demasiado en el área de Juan Pablo en el penalti que supuso el empate, no vio una mano sevillista que habilitó la jugada del 3-2- contribuyeron a condenar al Deportivo Alavés a una derrota que se antoja un castigo excesivo para un Glorioso que jugó sus bazas, se adaptó a lo bronco del ambiente y llegó a dominar durante fases del choque a un Sevilla aguerrido, que acabó teniendo demasiadas cosas a favor como para permitirse perder ante sus incondicionales.

El partido enfrentó a una escuadra cuesta arriba, la de Caparrós, ante un equipo que lucha por romper una dinámica que le está acercando a la zona tenebrosa de la tabla, pero que vuelve a hacer valer sus credenciales de equipo bregador. Tras un inicio prometedor para los albiazules, que forzaron variso saques de esquina en los minutos iniciales, el Sevilla tomó el mando del partido, con un excelente Torrado dirigiendo las operaciones y un Fredi encargado de buscar peligro por banda izquierda. Los albiazules, superados en ocasiones por sus rivales, tuvieron que recurrir a las faltas tácticas para evitar el desbordamiento. Sin embargo, en una jugada de Torrado por banda derecha, el mejicano envió un "pase de la muerte" que aprovechó Casquero, libre de marca en la frontal del área, para batir a Juan Pablo.

Parecía que la historia de los últimos partidos se repetía, y que el trabajo inicial de los albiazules se venía abajo. De hecho, tras encajar el gol, los de Mané vivieron sus peores momentos, ante un rival llevado en volandas por su afición y por su propia trayectoria.

La historia cambió tras el descanso. La incorporación de Pablo en la medular por Ochoa aportaba dosis de trabajo y creación y permitía contener mejor a los sevillistas. Para reafirmar la recuperación albiazul, Rubén Navarro se adelantó a los dos centrales locales para cabecear a la red un centro de Geli.

A partir de ahí, las tornas cambiaron. El Alavés empezó a gustarse, mientras que el Sevilla, nervioso, que veía esfumarse el record de imbatibilidad que buscaban Notario y compañía, tuvo que recurrir a todo para romper el jego albiazul. La situación se puso aún más de cara para los de Mané cuando Astudillo cabeceaba a gol un servicio, también de cabeza, del recién incorporado Iván Alonso. Con menos de un cuarto de hora por delante, parecía que los albiazules podían salir del Pizjuán vivitos y coleando. Pero no es fácil la vida de los equipos humildes... en el servicio de un balón desde la banda derecha, Rubinos Pérez apreció penalti en una acción de Astudillo sobre Javi Navarro, central reconvertido en delantero para la ocasión. En una jugada en la que había habido choques y forcejeos, el árbitro vio justo la situación más dañina para los intereses albiazules. Parece un tic en Rubinos, que no vio, en su debut en Primera, también con el Alavés de víctima, cómo el Racing anotaba el gol de la victoria con la mano. Para colmo de desgracia visual selectiva, el colegiado no apreció falta tampoco, ya en el descuento, en una mano sevillista en la jugada que culminó en el gol de la victoria para los de Caparrós, en un desenlace desgraciado, con Karmona rechazando hacia su propia meta un balón que Juan Pablo le había sacado al griego Machlas. Demasiados contratiempos para un equipo en fase de reconstrucción.

El caso es que el Deportivo Alavés se viene de Sevilla con la bolsa vacía y con un girón más en la moral. Ahora, quedan quince días para restañar heridas y juramentarse para que el próximo choque, esta vez en casa, los elementos, sean éstos internos, externos, mediopensionistas o adscritos al Colegio de Arbitros, no puedan con la voluntad de un equipo que se sigue amarrando, pese a todo, a su voluntad de seguir vivo en la categoría.


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