Sevilla-Glorioso: notas personales -y tardías- sobre el partido
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26/3/2003 - 09:04
Enviada por fidel





Con la perspectiva que da el paso ya de unos días tras el partido de Sevilla, se me va asentando la buena sensación que me transmitió el equipo, por encima ya del cabreo de perder un partido que estaba ganado a falta de un cuarto de hora para el final. El del Pizjuán será considerado posiblemente como el partido de la consolidación del carácter albiazul. Este Alavés no parece capacitado aún para ganar dos partidos seguidos, pero sí que ha demostrado que puede mantener el tipo ante la adversidad durante más de una jornada. Algo es algo, y bienvenido es cuando aún quedan más de diez jornadas, un mundo cuando de lo que se trata es de ratonear puntos para salvarse, no de engullirlos para aspirar a más.

¡Claro que hacen falta puntos para ir para arriba! Negarlo es de necios, y no se puede estar feliz tras la derrota, pero el estado de ánimo después del Pizjuán es muy distinto al de después de Riazor. Al fin y al cabo, el Alavés que se vio en Sevilla es casi un clónico del que hemos visto en las últimas temporadas: juego atrás en la primera parte, incluso con algún agobio, pero usando las dosis justas de contundencia para no ponerle fácil al adversario el llegar cerca del área propia; después, con el tiempo avanzando, se empieza a asomar la patita para ver si llueve, y a base de chispazos de calidad, se intenta anotar un tanto que antes solía servir para solventar la papeleta. Con las dosis justas y necesarias de suerte y sin arbitrajes de usos y costumbres asimétricos, esa forma de jugar le ha valido al Alavés llegar lejos en la liga y en Europa. Porque, no nos engañemos, el gran Alavés de hace un par de temporadas tampoco es que fuese el Brasil del 70. Era un equipo serio, bien armado atrás y con capacidad de resolver en jugadas puntuales, generalmente por rapidez y casi por aburrimiento del contrario. Lo del otro día, más o menos.

Y con casi los mismos hombres. ¡Qué grandes son esos Karmona, Téllez, Pablo, Desio, Astudillo, Geli, Begoña, Jordi, Iván Alonso, Magno...! Llevaron al equipo a lo más alto, y cuando ahora se encuentran con compañeros en la plantilla que, a priori, deberían de tener mejor nivel que ellos, resulta que el equipo reacciona cuando, por diferentes circunstancias, hay que tirar de nuevo de ellos. ¿Casualidad que el equipo haya espabilado cuando no ha quedado más remedio que tirar de ellos? ¡Quién sabe! El caso es que parece que la famosa actitud ha vuelto, y además para quedarse. Así, seguro que nos salvamos.

La actitud no significa ausencia de errores, algo que también quedó de manifiesto en Sevilla. Pero siempre ha sido así. De Gelo a Geli, los tropezones, goles en propia puerta y otras desgracias que pueden suceder en un terreno de juego han sido parte inseparable de la historia albiazul desde siempre. Desde que tengo uso de razón, ser del Alavés significa conocer las leyes de Murphy a fondo. Solo en los últimos pocos años -más o menos desde que Mané está al frente en esta su segunda etapa- el equipo ha podido tener algo de fortuna y los errores no han sido determinantes. Mané mismo lo pudo comprobar en su primera etapa en el Glorioso, hace ya más de cien cortes de pelo. Por eso, los errores del otro día hay que contabilizarlos en el capítulo del "hay que espabilar" más que en el "lakagasteburlankaster". Da la impresión, en cualquier caso, de que, en condiciones normales, el balance entre la casta mostrada en Sevilla y los errores cometidos en ese partido será generalmente positivo para los intereses albiazules.

Solo queda esperar que ante el Mallorca la gente del buzo albiazul empiece ya a producir en serio. La semana sin fútbol va a tener su morbillo hasta que el club se posicione sobre si va a regalar entradas o no. Esta situación deja en evidencia lo precipitado de la acción llevada a cabo el día del Barça. Objetivamente, la tabla no engaña, el equipo está peor hoy que antes del choque ante los de Raddy Antic. Y, como se pudo ver ese día y se ha podido ver en infinidad de ocasiones desde que el fútbol es fútbol, la relación causa-efecto entre campo lleno y mejor rendimiento del equipo no es evidente, y esta situación puede ser hasta contraproducente. Se quemó un cartucho a la desesperada cuando la ocasión no requería de ese esfuerzo, soliviantando de paso a algunos abonados. A ver qué sucede ahora. De momento, quien tenga que tomar la decisión va a tener más tiempo para pensarlo antes de hacerlo. Ojalá acierte.


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