Glorioso 2 - Valladolid 4: El Alavés paga caro su desequilibrio
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29/8/2004 - 14:58
Enviada por fidel





La revolución albiazul deberá esperar. Un Deportivo Alavés completamente desequilibrado recibió un contundente castigo por parte de un Real Valladolid que puso en evidencia todas las capacidades de mejora -por decirlo de una manera positiva- que tiene el nuevo proyecto albiazul. El Alavés mostró las virtudes y defectos que se le vieron en pretemporada, acentuados en lo relativo al gol: el equipo generó juego de ataque y ocasiones como para poder haber goleado. Su falta de acierto no impidió que anotase dos goles, algo que en condiciones normales le debería de haber bastado para vencer. Pero, en esas mismas condiciones normales, un equipo profesional no puede ser el coladero defensivo que este domingo fue el Alavés, sorprendido al contraataque y con vías de agua en ambas bandas y en el centro. Como si de un combate de boxeo se tratase, en el intercambio de golpes no atinamos con el hígado del rival, y éste nos machacó huesos que no sabíamos siquiera que teníamos.

Ha sido un partido rarito. El Alavés salió en tromba. Un contraataque de De Lucas al poco del inicio fue desviado al final por Bizarri. Bodipo y Navarro se movían con poderío por la zona de ataque, pero, en lo que iba a ser la tónica del partido, una ocasión fallida de los albiazules se convirtió en un contraataque no cortado a tiempo por los gasteiztarras que terminó con gol visitante. Fue Aduriz el que se fue para el lado derecho de Juan Pablo, quien salió con los pies a despejar. El árbitro, para sorpresa e indignación de la grada, señaló penalti. El propio Aduriz, que en su día pudo ser jugador albiazul, puso en ventaja al Valladolid. En el minuto 32, el propio Aduriz aprovechaba un fallo en cadena del centro del campo y la zona derecha de la zaga albiazul -que jugaba con dos centrales zurdos- para poner un 0-2 en el marcador que era para frotarse los ojos. Previamente, el colegiado había hecho la vista gorda ante una dura entrada de Oscar Rodríguez -amonestado muy poquito antes- y había cortado, a instancias de su juez de línea, un contraataque de Bodipo por un dudoso fuera de juego.

Al descanso, las sensaciones eran realmente contrapuestas. El Deportivo Alavés había tenido durante la primera mitad algunas fases de juego ofensivo, aunque sin remate, como no se recordaban en años. Sin embargo, la endeblez defensiva del conjunto gasteiztarra había dado demasiadas facilidades a un Real Valladolid que, educadamente, aceptaba los regalos de su anfitrión. El famoso 4-2-4 hacía aguas sin que, por contra, diese los frutos en forma de gol que el Glorioso podía haber cosechado de haber estado más acertados cara a la meta de Bizarri. Kresic, gente de orden, le había ganado la partida a Cos, estratega de una revolución basada en un sistema que no se jugaba ya cuando su oponente en el banquillo hacía la mili en el ejército de Tito, y que necesita de un nivel de compenetración y preparación que este Alavés parece aún lejos de alcanzar.

En la reanudación las cosas fueron por el mismo camino: ocasión clara de gol del Alavés no anotada terminaba en gol del Valladolid ante el descontrol de una lenta defensa, desamparada por unos interiores muy adelantados y unos pivotes desbordados por los acontocimientos. Para la hora de partido, el Alavés seguía creando ocasiones y el Valladolid ganaba 0-4. De locos.

Para entonces ya había entrado Pape Thiaw por un gris Santamaría, y poco después entraría Romo por un fundido Astudillo. El senegalés, prácticamente sin pretemporada, anotó el primer gol albiazul de la temporada y quiso, cuando el colegiado tuvo a bien señalar un penalti a favor del Glorioso casi al final, lanzar la pena máxima. Fue, sin embargo, De Lucas quien se encargó de anotar el sexto tanto de la matinal. A esas alturas, la entrada de Lombardero -que redujo a tres el número de defensas albiazules- había galvanizado el juego por banda izquierda, sin acierto de nuevo en el remate, y el Valladolid había perdido ya el cien por cien de efectividad, perdonando alguna ocasión, aunque el resultado, que es lo que al final queda, lo tenían ya asegurado. Con el pitido final, la alegría se fue para Pucela, mientras que en Gasteiz empezaban a funcionar las máquinas de picar carne.




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